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—No quiero que jamás pienses que estoy contigo por lo que tienes.
Qué frase tan cruel cuando la recuerdas después.
La boda fue hermosa.
Pequeña, pero elegante.
Un hotel en las montañas.
Cien invitados.
Mi madre lloró desde que me vio con el vestido.
Martín también.
Todavía puedo recordar su rostro cuando caminé hacia él.
Si me preguntaran hoy si aquellas lágrimas eran falsas, no sabría responder.
Creo que no.
Eso es lo que vuelve algunas traiciones tan difíciles de entender.
Las personas pueden sentir algo real y aun así hacer cosas imperdonables.
Después de la ceremonia cenamos.
Bailamos.
Cortamos el pastel.
Cerca de medianoche los invitados comenzaron a retirarse.
Yo había preparado el reloj de mi padre dentro de una caja de madera.
Martín siempre lo había admirado.
Mi padre lo usó durante más de treinta años.
Quería entregárselo esa noche.
No como un regalo caro.
Como un símbolo.
“Ahora también eres familia.”
Qué ironía.
Una amiga me dijo que Martín había ido a una pequeña sala privada junto al salón principal.
Pensé que estaba buscando su chaqueta.