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Algunos me dijeron que era demasiado difícil.
Otros aseguraban que aquella carrera exigiría demasiado sacrificio.
Incluso hubo quienes pensaron que una mujer debería pensar primero en casarse y formar una familia.
Pero yo quería volar.
Estudié durante años, madrugué incontables veces, cometí errores, volví a intentarlo y aprendí a mantener la calma incluso cuando las cosas no salían como esperaba.
El día que conseguí mi certificación, mis padres estaban allí.
Mi madre me abrazó tan fuerte que durante unos segundos olvidé todo el cansancio.
Mi padre solamente me miró con los ojos llenos de orgullo.
—Te lo dije —susurró—. Algún día estarías ahí arriba.
Y lo había conseguido.
Pero ningún sueño viene sin sacrificios.
Con el tiempo llegaron los vuelos largos, los cambios de horarios, los viajes inesperados y las fechas importantes celebradas lejos de casa.
Y también llegaron las despedidas.
Una relación terminó porque mi pareja estaba cansada de esperar.
Otra persona apareció en mi vida, pero nuestros horarios nunca coincidían.
Una cena se convirtió en un vuelo.
Un fin de semana juntos terminó siendo una escala en otra ciudad.
Y poco a poco, sin darme cuenta, mi vida comenzó a dividirse entre el cielo y todo aquello que había dejado en tierra.