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Porque creo que estaba diciendo la verdad.
Y eso no arreglaba nada.
Le respondí:
—El problema es que nunca me permitiste elegir si quería amar al hombre que realmente eras. Me dejaste enamorarme de una versión editada.
Martín bajó la cabeza.
—Lo sé.
El matrimonio duró dieciséis días legalmente antes de iniciar el proceso de anulación y separación.
La situación jurídica dependió de distintas circunstancias y terminó resolviéndose meses después.
No fue sencillo.
Victoria me llamó.
Una vez.
Contesté.
—Estás destruyendo a mi hijo.
No podía creerlo.
—¿Yo?
—Martín te ama.
—Entonces debió protegerme de usted.
—Todo lo hicimos para salvar una empresa que ha mantenido a cientos de familias.
—Con mis bienes.
—Ibas a beneficiarte también.
—Sin saber el riesgo.
—A veces en un matrimonio hay que confiar.
Aquella frase me hizo reír.
—Nunca vuelva a hablarme de confianza.
Colgué.
Nunca volvimos a conversar.
La empresa de su familia terminó entrando en un proceso de insolvencia.
Perdieron propiedades.
Victoria culpó a todo el mundo.
Bancos.
Socios.
Economía.
A mí.
No sé si alguna vez se culpó a sí misma.
Martín se alejó de ella durante un tiempo.