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Lo sé porque me escribió una carta meses después.
No pidió volver.
Solo pidió perdón.
“Lo peor no fue que mi madre me utilizara para acercarse a ti. Lo peor fue que yo acepté porque pensé que podría controlar la situación. Después me enamoré y cada día que esperaba para decirte la verdad hacía más difícil hacerlo al siguiente.”
Guardé la carta.
No por nostalgia.
Porque era la primera vez que reconocía claramente lo ocurrido.
Durante mucho tiempo tuve problemas para confiar.
Cada vez que alguien mostraba interés en mi trabajo o mis propiedades, me preguntaba:
“¿Qué quiere?”
Fui a terapia.
Necesitaba evitar que la mentira de Martín destruyera también relaciones que todavía no existían.
Dos años después vendimos una parte del terreno.
No porque alguien me presionara.
Porque mi madre, Daniel y yo decidimos que era el momento correcto.
Con el dinero creamos una inversión conservadora para mi madre y amplié mi negocio.
También hice algo que mi padre siempre había querido.
Fundamos una pequeña beca para hijos de empleados.
El reloj que iba a regalarle a Martín permanece conmigo.