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Durante años estuvo dentro de la misma caja.
Después decidí usarlo.
Es un reloj de hombre bastante grande para mi muñeca.
No me importa.
Cuando alguien pregunta, digo:
—Era de mi padre.
No cuento siempre la otra parte.
La noche que iba a entregárselo a mi esposo terminó convirtiéndose en la noche en que mi padre, sin estar vivo, pareció protegerme una vez más.
Porque mi intención de sorprender a Martín fue exactamente lo que me llevó hasta aquella puerta.
Si simplemente hubiera ido a nuestra habitación y esperado, quizá habría firmado los documentos días después.
Nunca sabré qué habría ocurrido.
Probablemente la empresa habría utilizado mis bienes.
Tal vez hubieran conseguido recuperarse.
Tal vez no.
Pero eso ya no importa.
Lo importante es que habría tomado una decisión enorme sin conocer la verdad.
Años después volví a ver a Martín.
Nos encontramos por casualidad en una cafetería.
Habían pasado casi seis años.
Estaba diferente.
Más delgado.
Con algunas canas.
Se acercó.
—Hola, Claudia.
—Hola.
Hablamos unos minutos.
Trabajaba para otra firma.
Me contó que no tenía relación comercial con su madre.