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Yo no pregunté más.
Antes de marcharse dijo:
—Nunca dejé de lamentar lo que hice.
Lo miré.
Ya no sentía aquella rabia.
—Espero que hayas aprendido algo.
—Sí.
—Entonces por lo menos sirvió para algo.
Sonrió con tristeza.
Después miró mi muñeca.
Llevaba el reloj de mi padre.
Lo reconoció.
—¿Ese era el que ibas a regalarme?
Me sorprendió.
—¿Cómo lo sabes?
—Daniel me lo dijo mucho tiempo después.
Miré el reloj.
—Sí.
Martín asintió.
—Hiciste bien en quedártelo.
—También lo creo.
Nos despedimos.
No hubo escena.
No hubo abrazo.
No hubo reconciliación.
Simplemente dos personas que alguna vez estuvieron casadas durante unos días caminando en direcciones diferentes.
Hoy tengo cuarenta años.
No considero que aquella boda haya sido una pérdida completa.
Durante mucho tiempo pensé que sí.
Dinero.
Tiempo.
Vergüenza.
Fotografías que nunca volví a mirar.
Pero aquella experiencia me enseñó algo que ahora considero fundamental:
El amor no exige confianza ciega.
Puedes amar y leer antes de firmar.
Puedes amar y mantener independencia financiera.
Puedes amar y hacer preguntas.
Puedes amar y pedir transparencia.
Puedes amar profundamente a una persona y aun así marcharte cuando descubres que utilizó tu confianza para tomar decisiones que podían perjudicarte.