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Mi nombre es Claudia.
Tenía treinta y dos años cuando me casé con Martín.
Nos habíamos conocido dos años antes en una cena organizada por amigos comunes.
Martín era arquitecto.
Educado.
Paciente.
Tenía una forma tranquila de hablar que me hacía sentir escuchada.
Yo venía de una relación complicada y no buscaba absolutamente nada.
Él tampoco parecía tener prisa.
Primero fuimos amigos.
Después comenzaron los cafés.
Las caminatas.
Las llamadas de madrugada.
Cuando finalmente me besó, sentí que todo había ocurrido de la manera correcta.
Mi familia lo adoraba.
Especialmente mi madre.
—Ese hombre te mira como si fueras lo único importante en la habitación —me decía.
Quizá por eso me dolió tanto descubrir que, mientras todos mirábamos su sonrisa, había otra conversación ocurriendo detrás.
La única persona con quien nunca conseguí sentirme completamente cómoda era su madre, Victoria.
Era elegante.
Muy correcta.
Jamás levantaba la voz.
Pero tenía una manera de hacer preguntas que no parecía curiosidad.
Parecía investigación.
—¿Tu padre te dejó propiedades?
—¿La empresa familiar sigue a tu nombre?
—¿Tienes hermanos?