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A las siete de la mañana Daniel llegó con café.
Traía los documentos.
Los habíamos recogido de mi casa.
Pasó horas revisándolos.
A mediodía tenía una expresión que no olvidaré.
—Claudia, esto no es una simple sociedad.
—Explícame.
La estructura era complicada.
Pero, simplificando, los documentos permitirían utilizar ciertos activos que yo aportaría como garantía para operaciones relacionadas con una empresa vinculada a la familia de Martín.
—¿Puedo perder el terreno?
—En determinadas circunstancias, sí.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Y por qué necesitarían hacerlo?
Daniel señaló varios nombres empresariales.
—Necesito investigar.
Eso hicimos.
Durante los días siguientes apareció la verdad.
La familia de Martín había tenido una empresa constructora mucho más importante años atrás.
Yo sabía que existía.
Lo que no sabía era que estaba prácticamente quebrada.
Debían millones.
Habían utilizado préstamos para mantener proyectos que nunca funcionaron.
Había acreedores.
Demandas.
Problemas fiscales.
Victoria había pasado años intentando salvar la compañía.
Y entonces apareció el terreno de mi familia.
Su ubicación cerca de la futura carretera lo convertía en una garantía extraordinariamente valiosa para obtener nueva financiación.